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lunes

Chao contra Romaña.

¿Qué busca Queveco? ¿Por qué calla Leandro? ¿Dónde está Renata?

Los últimos meses todos hemos sido golpeados por la polémica. La única persona que podría poner fin a esto, de una vez por todas, es Renata Tarsio. Pero Renata Tarsio no está. Renata desapareció y desde entonces no dejan de aparecer acusaciones de asesinato y notas de suicidio por todas partes. Renata Tarsio es todo lo que podamos imaginar, es más, es mucho más que todo. Y no hay nada que pueda ser mucho más que todo. Pero ¿Qué ha ocurrido?.
Hace pocos meses el escritor filipino Queveco Chao publicó su último libro  No contéis conmigo aún (2012). Se trata de una colección de relatos que vendría a completar  una trilogía iniciada por Perros del ayer (1995) y continuada por La misma lluvia de todos los años (1999). Sin haber sido nunca un verdadero best-seller lo cierto es que Queveco goza de cierta fama en su país y en el exterior. Su contacto y su afinidad con el movimiento plagiarista es obvio, de hecho se le considera el máximo exponente del plagiarismo en Filipinas. Teniendo esto en cuenta sorprende mucho más lo que ha pasado, pero ¿sorprende de verdad?. Francamente no tanto. El mundo de la literatura es un enjambre en el que hay muchísimos más zánganos que obreras y muchas más reinonas que reinas. El plagiarismo apenas escapa a esto si es que escapa (y yo creo que no). El mundo literario es una casa de putas y el plagiarismo es una casa de putas. Leandro, César y yo somos putas, Virginie es puta, Renata desde luego es o era puta, Binya Waru es puta, Kokoro Pattani es una vieja puta y Dee Jo Pai y toda esa turba de escritores birmanos son un pandilla de putas requeteputas. Yo no sé qué motivos tendrá Queveco para decir las cosas que dice en "El amor nauseabundo" (el relato que cierra su último libro). No sé si son ciertas o no, y no sé por qué Leandro ha decidido callar por respuesta y dejar que vaya cayendo toda la mierda sobre él sin protestar. En el relato aparece Renata, sí; aparece Leandro, sí; y aparece el propio Queveco. Pero ¿hay algo de verdad en él?. 
No tengo ni idea y no me importa. Amigos esto es literatura, esto es literatura y es tan real como la vida misma. Tan real como la suciedad que se amontona en las calles, como el polvo y la cal que se pegan a los cristales que no limpias nunca, como el humo que se adhiere a tus pulmones cuando fumas o cuando sales a la calle y respiras todo eso que parece que es aire, pero no lo es. La literatura es tan real y tan sucia como todo eso, tan real y tan sucia como la vida. Quiero pensar que toda la polémica que ha habido alrededor de todos nosotros los últimos meses no es más, en el fondo, que una polémica sobre la literatura, sobre el fondo y la forma de la literatura, sobre su alma (si la tiene) y su necesidad (si la hay). 
Queveco es un tipo difícil, eso lo sabemos, un tipo duro, algo siniestro, algunos dicen que violento... Para mi es simplemente un escritor, un escritor eso sí abrupto, duro, algo siniestro, algunos dicen que violento...

Honorio Chaves.


EL AMOR NAUSEABUNDO, por Queveco Chao.


Debió ser una mañana calurosa, porque en esta isla de los cojones todas las mañanas son calurosas, excepto cuando llueve, que también hace calor pero además llueve. Debió ser una mañana, en definitiva, como todas. Así que me fui a la playa a beber como quien se va un poco a tomar por el culo.
Debía llevar un tiempo allí (porque ya estaba algo borracho) cuando me fijé en la chica. Debía llevar también un buen rato allí porque ya tenía montado todo el estaribel. Allí estaba recortando pedazos largos y finos de papel con sus tijerotas (unas tijeras de esas grandes como las que usan los pescaderos) y dejándolos cuidadosamente sobre las tablas, procedentes de cajas de fruta viejas o desguazadas, con que había construido esa especie de mesa precaria. En fin, me fijé en ella y me pregunté cómo no lo había hecho antes. Llamaba la atención, la verdad. Tenía la piel tostada claro, como todo el mundo aquí, los dedos largos y finos, el pelo marrón oscuro no muy largo y revuelto y lleno de arena, los labios rojos rojísimos y los ojos dorados. Los ojos dorados (un poco verdosos) de loca más dorados y más de loca que he visto nunca. Estaba tan ensimismada que al principio me pareció una chiquilla jugando, después me fijé y me di cuenta de que de chiquilla no tenía nada. Era joven, desde luego, pero no mucho más que yo, aunque, en realidad, no creo que pasara de veinticinco. Igual no pasaba ni de veinte. Qué se yo. Lo cierto es que la primera vez que me miró desde lejos con esos ojos dorados de loca se me puso un nudo en la garganta que ni se imaginan, de verdad, no se imaginan. Sonreí como pude y saludé con la mano, ella claro también sonrió y saludó. No me quedó más remedio que acercarme. Al hacerlo me di cuenta de que apenas llevaba ropa, la parte de abajo de un bikini y una camisa blanca con rayas rojas muy finas de hombre, muy abierta, remangada y anudada por encima del ombligo. Por otro lado era un atuendo bastante normal, yo llevaba unas bermudas muy cortas y una camisa de manga corta azul completamente abierta, ya les he hablado del calor que hace aquí ¿no?. De todos modos entiendo que a cualquiera le hubiera parecido erótico, a mi desde luego me lo pareció, muy erótico qué coño. Pensé que era una prostituta porque la mayoría de las chicas jóvenes que se ven por la playa lo son, la verdad. Llegué a donde estaba y me senté frente a ella, al otro lado del tinglado aquél. Señalé con el cuello de la botella. Le pregunté que qué hacía. Me contó que recortaba las frases que más le gustaban o divertían de textos que no le gustaban o aburrían y las ordenaba después según su criterio, formando nuevos textos que le gustaban o le divertían. Le expliqué que me parecía el mejor criterio posible a la hora de escribir algo. Ojalá todos los escritores del mundo siguieran siempre ese criterio, nos evitaríamos tener que leer tanta mierda como leemos, pero en fin. La chica, me dijo, se llamaba Renata. Algunos de los textos estaban manuscritos, otros mecanografiados, otros eran páginas arrancadas de libros, revistas o periódicos. ¿De dónde sacaba Renata aquellos textos?. ¿De dónde sacas, Renata, estos textos? Pregunté. Renata era, efectivamente, prostituta. Y conocía, supongo que por su profesión tan propicia para conocer gente nueva, a multitud de escritores y poetas que, al contrario que el resto de sus clientes se enamoraban de ella y que, al contrario que el resto de sus clientes, casi nunca podían pagarla. Excepto con aquellos escritos que tanto aburrían a Renata y tan poco le gustaban. Me regalan poemas, cuentos, libros... muchos libros, pero son malos, la verdad, supongo que se esfuerzan por impresionarme, quieren que me enamore de ellos y me hablan de amor ¿De amor? ¡Amor! y ¿Qué coño es eso? me pregunto, en fin, la vida es un asco, pero son buenos chicos en el fondo. Eso me decía Renata, mientras tanto yo le miraba de vez en cuando las tetas, el ombligo, las piernas y todo lo que Renata dejaba ver, que era casi todo. Qué clase de cerdo soy, pensaba ¿La clase de cerdo que viene hasta aquí desde Estados Unidos o Europa para contratar a Renata y a chicas como Renata y follárselas? ¿O la clase de cerdo que las esclaviza y las obliga a vivir de esa manera? ¿Quizás esa otra clase de cerdo que ronda a las Renatas de este mundo y se enamora de ellas para no sentirse un cerdo cuando se las folla por dinero?. No lo sé, lo dejo a su elección amigos lectores. Uno no puede ser nunca un buen juez de si mismo ¿Verdad?. La vida era un asco y Renata muy joven. Y yo era un asqueroso y me entraban ganas de ilusionarme con seducir a Renata y hablarle de amor y huir, huir de allí. Pero no hice nada de eso, seguí bebiendo y mirando a Renata componer sus divertidos e inteligentes poemas.

Sueño que tengo un falo descomunal
minutos antes del amanecer.
Está desnuda, está caminando.
Lo que generó mi mente fue un
animal capaz de quitarse la vida.
Antes de decir au revoir, les ruego:
la causa de mi fracaso con Aung
me besa y se despide de mí
y, entonces sí, volver a enamorarme
me importa un bledo.

Y así sucesivamente. Como si no estuviera. Pero estaba, yo lo sabía, ella lo sabía. Vaya si lo sabía. Sudaba, empecé a ponerme un poco nervioso. Esos poetas Renata ¿De dónde son?. Asiáticos, la mayoría. De China, de Singapur, de Tailandia, de Vietnam, de Birmania... de Filipinas como tú ninguno. Y sonríe y me dice sin dejar nunca su tarea. Ahora me rondan dos españoles, pero no me quieren a mi, quieren que les hable de ellos, de los escritores, que les enseñe sus trabajos ¿Te lo puedes creer? Menudos gilipollas, ya verás cuando vean lo que hago yo con esos trabajos. Y se ríe, esta vez sí, a carcajadas. Yo también me reí, un poco forzado. Empezaba a tener una sensación muy desagradable en la boca del estómago.
La mañana se esfumó. Fui a un bar a por comida y mucha cerveza. Volví a la playa con Renata y me quedé allí toda la tarde, yendo y viniendo de vez en cuando para ir a por más cerveza. Llovió un poco a media tarde. Hacía calor, siempre hace calor en esta puta isla. Deseé a Renata, la deseé tanto que pensé que iba a desmayarme, fumaba, bebía, la miraba y la deseaba. Recogió su tinglado y nos metimos en el agua. Nos rozamos, con los brazos, con las piernas, nos rozamos, desnudos. Deseé no volver a salir del agua, deseé ahogarme allí mismo, pero deseé más a Renata. Volvió a salir el sol, salimos.
Renata se fue y yo quise seguirla. Quería poseerla, que fuera mía, mía joder, de nadie más, mía. Quise mandarlo todo a la mierda, mi moral, mi vida, su vida, a la mierda. Pagarla, pagarla y que fuera mía. Comprarla. Pero sentía náuseas, se me cortaba la respiración, me temblaban las piernas. Y no hubo nada que hacer. Se fue.
Volví a casa vomitando cada vez que me encontraba con un viejo occidental del brazo de una puta con cuerpo de niña, o de una niña con cuerpo de puta. Vomité y vomité hasta llegar a casa. Al día siguiente busqué a Renata en la playa y no la encontré. La busqué por los bares y los burdeles, por los hoteles, por los paseos, por los peores barrios de la ciudad y por los mejores, por los hospitales y las clínicas de enfermedades venéreas. No la encontré. La vida es un asco, amigos. Y Renata era muy joven. Con el tiempo descubrí que aquella noche había salido con los españoles, aquellos a los que Renata no les interesaba. Por lo visto a uno de ellos sí que le interesó. Se la llevó el muy hijo de puta. No pude hacer nada. Le robó sus poemas, le robó su alma. No pude hacer nada. No quedó nada de Renata, no dejó nada. Descubrí su nombre, Leandro Romaña. El infame Romaña, el putero, cerdo, cabrón, hijo de la gran puta. El ladrón Romaña. El asesino Romaña. Dios te maldiga, Dios te maldiga Leandro Romaña.







miércoles

Vietnam me mata

Kokoro Pattani, un auténtico gilipollas

Por César Ruiz-Tagle

A principios de un lento y tórrido verano, mientras mi amigo Leandro Romaña dedicaba horas (¿inútiles?) al estudio del latín y Honorio Chaves se entretenía a diario con las drogas intentando entender la casuística de la amistad, la locura, el amor y otras grandes decepciones, yo emprendí un largo viaje por el Mekong con la intención de encontrar a mi coronel Kurt particular, que no era otro que Kokoro Pattani. ¡Ah, el Mekong, ese enorme misterio! Para lo chinos, su nombre apropiado por lo brutal de su cauce es el Río de las Rocas (Dza Chu), incluso más propiamente Río Turbulento (Lancang Jiang). Para los tailandeses es Mae Nam Khong (Madre de las Aguas), denominación más apropiada al ser ya un río generoso en pesca y caudal. En Camboya recibe el nombre de Tonle Thom o Gran Río, y en Vietnam, donde entra partido y partiéndose en su amplio delta, se le ha bautizado como el Río de los Nueve Dragones, un dragón por cada brazo que muere en el mar. Por supuesto, yo también terminaría por encontrar a mi coronel, al enigmático Kokoro, pero no fue navegando ese río de heterónimos ni comiendo arroz en un puesto callejero ni montado en un taxi bici por las calles de Saigón ni en los sótanos oscuros y pútridos de un vulgar burdel de Hanoi. Eso habría sido hasta cierto punto intrascendente por legendario y, lo que es más, por convencional. El encuentro tuvo lugar meses después, en el afamado local que hay en el madrileño barrio de Malasaña y que lleva por nombre Bukowski Club, adonde acudí llamado por Virginie Ooy para presenciar otro desagüe poético, tan característico de este infame lugar, intitulado esta vez Poetry is not dead, que transmutó antes si quiera de comenzar para consuelo de los irredentos hacia el derrame, la parodia, la burla, el insulto, la sátira y la sempiterna genialidad que arrastra y desparrama allá por donde se deja ver este vietnamita hedonista, nonagenario plagiarista, cultor solipsista y cabrón. Muy cabrón.

Contra mi costumbre, y quizá para sorprender a Virginie en un renuncio, llegué al lugar minutos antes de la hora indicada. Como era de esperar, ella ya estaba allí. La miré detenidamente antes de acercarme a ella. Esbelta, vestida con informal elegancia, tan propia del lugar, ataviada con unas grandes gafas de pasta que a buen seguro regalaban con la primera consumición, y cargando con una maleta repleta de libros tan extravagantes y luminosos como del todo esnobistas, volví a lamentar para mis adentros no haber sido capaz de hacerla feliz. Pero ¿cómo podría un tipo como yo hacer feliz a una mujer como ella? Mi concepto de lo snob no pasa de ser una reivindicación de las relaciones sexuales entre personas de distintas edades y una camaradería sincera a la hora de intercambiar números de teléfono de camellos que estén operativos las 24 horas del día. ¿Se puede ser feliz así? Creedme: Sí. Otra cosa muy distinta es si así se puede hacer feliz a una mujer. Creedme: No.

En cualquier caso, en aquel momento de su vida Virginie Ooy no era una mujer feliz. Me acerqué a ella, nos dimos dos besos fugaces, un abrazo tímido, nos rozamos los brazos hasta llegar a las manos que dejamos caer al mismo tiempo a ambos lados del cuerpo. Nos miramos. Nos sonreímos. Te queda bien ese pelo, dijo ella. A ti te quedaría mejor. No recuerdo si seguí diciendo tonterías mucho tiempo pero lo más seguro es que no porque rápidamente nos acercamos a la barra para ordenar las bebidas. Yo pedí una cerveza; Virginie un whisky. No recordaba que tomara alcohol de alta graduación antes de la cena. Sin esperar a tener en la mano su bebida, Virginie empezó a hablar. Dijo que estaba harta de Madrid. Dijo que Madrid era una ciudad de mierda donde no pasaba nada bien porque todo lo que podía pasar ya había pasado o bien porque todo lo que pasaba le parecía una mierda. Dijo que había decidido largarse de aquí. Dijo que había descubierto su verdadera vocación, y lo repitió varias veces antes de anunciarla. He descubierto mi verdadera vocación, querido. Dijo eso y lo volvió a repetir y como yo estaba demasiado cansado para preguntar y demasiado aburrido de oír esas historias de hallazgo y superación y demasiado preocupado porque no se diera cuenta de que seguía queriendo acostarme con ella, Virginie lo repitió una vez más.

“He descubierto mi verdadera vocación, César (se acabó el trato cariñoso). Sí, la he descubierto. Por fin. Me ha costado bastantes años, mucho esfuerzo, demasiadas lecturas y otros tantos viajes infructuosos. He sido feliz, no lo voy a negar, pero ahora no lo soy. Estoy harta de Madrid, de este lugar, de estos ingenuos aspirantes a escritores, de los inaguantables escritores consagrados, de los periodistas que les hacen la rosca, de los periodistas que quieren ser escritores, de los camareros, de los barrenderos, de los dependientes de videoclub y de las amas de casa que quieren ser escritoras y de los críticos vendidos y sin escrúpulos que tarde o temprano dirán que esos camareros y esas amas de casa son los mejores escritores de las primeras décadas del siglo XXI. Estoy harta de Birmania, de Vietnam, de India, estoy harta de vosotros, de Leandro, de Honorio y de ti, sobre todo de ti, pero también de vuestro estúpido movimiento que no es un movimiento porque no se mueve y así no se va a ningún lado. Pero sobre todo estoy harta de mí misma. (Aquí yo no pude evitar hacer una mueca irónica de superioridad o hastío que creí imperceptible y que no lo fue en ningún modo) ¡Joder, César! ¡Escúchame! (Aquí forcé una mueca de comprensión y disculpa que pasó totalmente desapercibida). Mira. Esta tarde he estado grabando un programa de televisión con Hernando Vázquez León, ese dinosaurio, y ha sido un auténtico desastre. Hemos terminado insultándonos en mitad del escenario. Ese hombre está loco y deberían prohibirle hablar en una televisión pública. ¿Te acuerdas cuando se vanaglorió en una tertulia de haber follado en no sé qué ciudad de la India o Vietnam con varias niñas de 15 años a la vez cuando él tenía más de 30? (Aquí, mueca exagerada de rechazo) ¡Es repugnante! Lo peor de todo, en cambio, no es eso. Lo peor ha ocurrido cuando hemos dejado de grabar y por los pasillos que conducían a los camerinos el muy cabrón ha intentado ligar conmigo como si no hubiera pasado nada. Te lo creas o no, le he escupido en plena cara y he salido de allí con la cabeza bien alta. (Mueca leve de asco y/o estupefacción) ¿Qué querías que hiciera? Una vez en la calle he tenido que entrar en un bar y tomar un trago de whisky para tranquilizarme. De hecho, he tomado varios y ahora estoy bastante borracha. (Mueca, completamente falsa, de sorpresa) ¿No se me nota? ¿No? Pues mejor.”

Así de tragicómica discurría la velada hasta que, sin previo aviso, un hombre muy anciano, menudo y con marcados rasgos orientales subió al escenario y se largó a hablar en los siguientes términos que no he podido, ni mucho menos querido, olvidar.

<< Buenas noches, queridos colegas. Me llamo Kokoro Pattani, soy vietnamita, y soy el amante, más bien el último de los tantos amantes que atesoró a lo largo de su corta pero intensísima vida la poeta suicida Renata Tarsio, a quienes ninguno de ustedes conocerá. Todo esto a buen seguro les importará a ustedes un bledo, lo mismo que me sucede a mí con sus nombres, sus procedencias y sus exiguos o exagerados amantes. Pero aún tengo más cosas que añadir, cosas que ustedes deberían saber antes de seguir perdiendo el tiempo escribiendo novelitas pornográficas y asistiendo a recitales poéticos donde os encontraréis cualquier cosa menos un verso digno de escucharse dos veces. Así que presten mucha atención. >>

La sala entera enmudeció durante un segundo para empezar a silbar y a aplaudir y a vociferar al segundo siguiente. Ese hombre había venido para provocarnos. Su primera intervención fue expeditiva y tajante. Las demás palabras que había venido a pronunciar ese hombre fueron el estímulo que todos los que estábamos allí necesitábamos, los aprendices, los engreídos, Virginie y yo, todos lo necesitábamos para salir de nuestro letargo, de nuestra abulia colectiva, de nuestro ensimismamiento metaliterario y metalinguístico, de nuestra ignorancia existencial, de nuestro feroz rechazo hacia la tradición y nuestra comprometida apuesta por la vanguardia y de nuestro feroz rechazo hacia la vanguardia y nuestra comprometida apuesta por la tradición. Ese hombre y esas palabras fueron más que nada el pistoletazo de salida que nos hacía falta para escapar de nuestra vida de mierda en una ciudad de mierda donde no pasaba nada o todo lo que pasaba era una mierda. Ese hombre, y sólo más tarde lo supimos, había venido para salvarnos.

<< Hablaré del detonante. Es muy simple. Hace mucho tiempo leí de buena mañana, y en este caso concreto esta expresión no significa temprano sino simplemente lo que se lee, una buena mañana, porque los refranes y las frases hechas no siempre significan lo mismo, aunque parezca lo contrario, pues una buena mañana de hace mucho tiempo abrí el periódico y leí que un escritor conocidísimo, reputado y consagrado por la crítica y el público confesaba en una entrevista, frente a las acusaciones de plagio de otros escritores y colegas, que él, por supuesto, copiaba, que Homero copiaba, que Shakespeare copiaba y que Cervantes copiaba y que antes y después de ellos todos lo han hecho y que en eso consistía el arte, en copiar y exponer tus copias para que a su vez sean copiadas por otro artista más joven o con menos talento que necesite referentes a los que copiar para que el espectáculo, o la farsa, continúe. Cerré el periódico en el acto. Suspiré. Clamé al cielo. ¿Entonces, maldita sea, se trataba de eso? Las dudas en mi formación de artista, que tantos quebraderos de cabeza me habían ocasionado, se disiparon de golpe. El café que nunca endulzo con azúcar dejó de saber amargo. Respiré hondo. Mire al horizonte. Suspiré de nuevo y me dispuse a seguir con mi vida, pero cuando me llevé el croissant a la boca me atraganté porque mi joven e inmadura cabecita de joven escritor no daba crédito a lo que había leído. ¿Se trataba de una broma? ¿Una boutade? ¿Era un guiño al lector, a los críticos, a un colega rencoroso y arruinado? ¿Era una simple errata? ¿Qué clase de periódico estaba leyendo? ¿Alguien había inventado la entrevista con oscuras intenciones? ¿De verdad llegó el hombre a la Luna? Razoné por un instante si me estaba volviendo loco. Y entonces llegó la iluminación. ¡Aleluya, hermanos! ¡La verdad ha sido revelada! ¡El plagiarismo va a llegar! Ese simpático señorón había revelado, a lo mejor sin darse cuenta de la trascendencia que podrían llegar a tener sus declaraciones, el verdadero secreto, el santo grial, el enigma de la consubstanciación y de la Santísima Trinidad: El arte es copiar. ¡Así es, queridos iletrados! Es un axioma incuestionable, es un argumento irrefutable, es una verdad como un templo, y en este caso vale el acervo popular, un secreto que durante milenios han mantenido bajo llave los que se han estado valiendo de él para ocupar un lugar en el Olimpo al lado de los más grandes. Y esto es así, queridos gandules, porque si reducimos todas las variedades del arte, las desmesuras de la conciencia, los claroscuros de la posteridad y la infinidad de épocas, razas, civilizaciones y mitologías (¿cómo se explica que encontremos vírgenes dando a luz a dioses en el hinduismo, en el cristianismo, en la cultura maya y en la mesopotámica?) entonces podemos afirmar que sí, que es cierto, que el arte, y también el desarrollo y la política y la sexualidad, se fundan y se proyectan hacia el futuro desde las experiencias anteriores a la suya. Es decir, si queremos ser cursis diremos que el arte se reinventa, si queremos ser empalagosos diremos que el arte se autofagocita, y si queremos ser simplistas y sinceros diremos que el arte se copia, y en esta expresión entenderemos las demás y muchas otras que no hace falta enunciar y que derivan en un sinfín de posibilidades. Yo mismo y muchos de nosotros, queridos mentecatos, y entre ellos aquel insigne y traidor escritor que por pereza no mencionaré, asumimos este hecho y lo situamos como el principio vector de la actividad y de la actitud creativa, lo que en estas latitudes y en este contexto, según tengo entendido, muchos ya los habéis asumido y ahora es el pan nuestro de cada día. ¿Es eso cierto? No levantéis la mano, no admito réplicas.

>> Yo ya estoy mayor para estos juegos, pero aún así me gusta seguir jugando, y por eso simplemente estoy haciendo referencia a otro de los trucos de los que se vale cualquier joven que se inicia en la Creación con mayúsculas, y de esos he visto a muchos aquí hoy, y que consiste en husmear en textos clásicos, trasponerlos, tergiversarlos, copiarlos, y acto seguido negar que a tu alrededor haya verdaderos artistas para después afirmar categóricamente que tú eres el único de todos los de tu generación y de todos los que están empezando que eres valioso por ti mismo y por tus creaciones y no por lo que publicas o vendes o quieres vender o presumiblemente puedes llegar a vender mientras aparentas que haces lo que ni siquiera haces o haces como el orto. Este es un truco muy socorrido, queridos principiantes, pero demasiado evidente, y los espectadores, oyentes y sobre todo los lectores están acostumbradísimos a este discurso por lo que simplemente un idiota verdadero, como ese tipo alto de ahí, o una chica de provincias que busca artistas a los que arrimar el culo, como aquella señorita, por decir algo, de más allá, será gente como ellos la única que se crea tu idiosincrasia barata y quién sabe, puede que con esa gente te baste para no cesar en tu empeño y repetir la cantinela de bar en bar, de librería en librería y de editorial en editorial. Ahora bien, ten muy presente, querido impostor, que si entre tanto baile y paseíllo te queda tiempo para dar forma a un ligero volumen de cuentos sobre el insensato mundo que nos rodea y se lo presentas a algún inocente o incauto o desprevenido o más directamente otro imbécil que lo alaba y lo edita y lo publica y con el tiempo y con mucho empeño y mucho sacrificio vas dando a la imprenta otras obras que te reportan un cierto estatus que te abre un hueco de 250 caracteres en algún medio más publicitario que periodístico donde empiezas a publicar artículos de indudable raigambre literaria que te ponen en boca de otros escritores a los que empiezas a frecuentar y los cuales te ponen en contacto con un dinosaurio de las letras, un viejo enclenque que una noche te da por el culo y a la mañana siguiente te presenta a un influyente editor catalán con el que empiezas una relación epistolar gracias a la cual encuentras el ánimo y las ganas suficientes para seguir copiando y seguir pariendo libros que previamente dejas a tus nuevos amigos literatos para que te añadan y te supriman párrafos enteros y luego entregas a la editorial para que termine de pulir tu estilo, entonces, querido ganapanes, sólo es cuestión de tiempo que entre todos logréis producir, y la palabra no es aleatoria, un libro inestimable, bien recibido por todo el gremio y que acumula premios y halagos y ediciones críticas y además cuenta con el respaldo del público lector de más de 20 países por los que tú y tu séquito paseáis triunfales y donde respondes humildemente a las preguntas de los intrépidos periodistas acerca de tu formación, tus duros y difíciles inicios, tu paciencia y tu esfuerzo, tu perseverancia, y cuando te preguntan inevitablemente por tus referentes, entonces tú, ni corto ni perezoso, otra vez que no coinciden la gramática y la semántica, siempre respondes alabando las virtudes de tu estirpe, la suerte que has tenido de pertenecer a una generación con tanto talento, inquietudes y ambiciones gracias a cuyo impulso creativo surgieron grandes artistas y entre los peores de todos, qué duda cabe, estás tú, aunque eres el más afortunado por haberlos conocido a todos ellos, algunos de los cuales, por desgracia, ya están muertos, y es que siempre se van los mejores.

>> En fin, queridos gaznápiros, dicho todo lo dicho, sólo me queda añadir dos, mejor dicho, tres consejos: 1, que hay que ser muy estúpido para aceptar consejos de un viejo indecente como yo; 2, que, como a buen seguro lo sois, tened presente que a pesar de la evidencia siempre es preferible intentar que el resto del mundo no se dé cuenta de que estáis copiando, o al menos que ignoren a quién estáis copiando; y 3, que si esto último resulta del todo imposible porque vuestros escritos son el espejo roto de los escritos de otro, simplemente aseguraos de que ese otro sea el mejor, o esté entre los mejores, lo que normalmente se conoce como apostar a caballo ganador y que bien mirado es la mejor manera de apostar y ganar. Sin embargo, hasta el arte de copiar es un arte complejo, sutil y laborioso que requiere inteligencia, valor y talento del plagiarista, es decir, las mismas características que se le presuponen al artista original, si se me permite la contradicción, por lo que el artista mediocre o incapacitado en su intento de plagiar a los mejores sólo alcanzará una ínfima parte de lo que se propone y sus obras no serán imitaciones ni copias ni falsificaciones ni desviaciones y ni siquiera malformaciones, sino simples defecaciones del artista deudor sobre la obra del consignatario. Porque si en el arte todo vale y el arte es copiar, ergo todos podemos ser artistas, lo cual en realidad nada significa o significa, queridos amigos, que todos podemos convertirnos en auténticos gilipollas. >>

En menos de un minuto Kokoro descendió del estrado y caminó por entre los jóvenes a los que había vilipendiado sin que ninguno opusiera resistencia ni se dignara abrir la boca. Mirando fijamente a los ojos de cuantos se cruzaban con él, Kokoro abandonó la sala con una expresión de satisfacción y de hartazgo, las únicas emociones posibles después de semejantes argumentos. Virginie y yo nos miramos sin saber qué decirnos. Al cabo de un rato ella empezó a reírse a carcajadas, miró a su alrededor donde empezaba a fraguarse una pelea entre plumíferos y poetas de salón que a buen seguro intentaban emular las trifulcas que se organizaban tras los encuentros dadaístas, y luego dijo: vámonos de aquí de una vez, cariño. Salimos. Deambulamos. Bebimos. Hablamos de cosas sin sentido y de personas a las cuales hacía mucho tiempo que no veíamos, entre ellas Leandro y Honorio. En un momento de la noche estuve tentado de invitarle a mi casa. Quería follar con ella salvajemente para después, tendidos desnudos en la cama, acariciarnos despacio mientras hablábamos claramente sobre todo lo que había pasado aquel extraño día. Hasta quería saber cuál era esa vocación a la que llamaba verdadera. En vez de eso, Virginie y yo caminamos un rato más en silencio y nos separamos a la altura de la calle San Bernardo. Desde entonces, y de eso ha pasado ya mucho tiempo, no la he vuelto a ver.

Lo último que supe de ella me lo contó nuestro común amigo, el editor Alexi La Bàs. Consternado y sin saber nada acerca de su paradero, La Bàs me dijo que Virginie había decidido abandonar el proyecto de cuentos que teníamos entre manos. Antes, como muestra de su profesionalidad y su delicadeza, dedicó varias semanas a investigar sobre la figura y la obra del vietnamita nonagenario y criticón. Imagino que le visitó alguna vez, aquí, en Vietnam o dónde quiera que estuviese, y nada me hubiera gustado más que me llevara con ella a ese encuentro.

Lo que sigue es lo que Virginie Ooy hizo llegar a la editorial, sin remite, sin sellos, sin certificación, posiblemente antes de abandonar esta ciudad de mierda, este país mediocre, este continente podrido y esta civilización decadente. En mi nombre y en el de mis compañeros, valgan estas líneas para mostrarle nuestro agradecimiento por su ayuda, su rigor lingüístico y sus increíbles dotes para la filología y la erudición. Pero, por encima de las demás cosas, los escritores plagiaristas recordaremos a Virginie Ooy por todo el amor que repartió de manera tan cariñosa como altruista entre todos nosotros.

Kokoro Pattani, una persona normal y corriente
Por Virginie Ooy

Ninguno de nosotros, de los nosotros que he conocido alrededor de casa, o en mis viajes, ha leído jamás a un escritor vietnamita, eso no quiere decir que no existan.
Ray Loriga

Kokoro Pattani es el escritor vietnamita más laureado, prolífico y estrafalario de su país. Novelista, poeta, traductor, compositor, cantante, libertario, ateo, pacifista, socialista, dibujante, miniaturista, bisexual, contrabandista, periodista sin título, arreglista, guitarrista, diabético, sociópata, bohemio, luchador, majadero, carnicero, pendenciero, viajero infatigable, conversador inagotable, bebedor irredento, drogadicto compulsivo, lector enfermizo, ladrón de bicicletas, pensador, ensayista, anticapitalista, huérfano, onanista, feminista y machista y también sexista, provocador, pensador, ilustrador, amante de los animales, doctor honoris causa en varias universidades, declarado persona non grata en otros tantos países, odiado y amado por sus compatriotas, mentalmente inestable, físicamente deplorable, espiritualmente demoníaco, Kokoro Pattani es a todas luces una persona normal y corriente.

Nguyen Lu nació en Vietnam en 1919. Fue el séptimo hijo de un matrimonio formado por un jornalero y una costurera. Muy pronto, para manifestar su rechazo a la influencia de la civilización china sobre Vietnam, eligió el nombre japonés de Kokoro, en honor a la obra homónima de Soseki, con la que aprendió a leer el japonés siendo un adolescente. El sobrenombre de Pattani lo añadió a su identidad muchos años más tarde, tras conocer a la mujer que se hacía llamar Renata Tarsio una noche oscurísima en esa pequeña localidad de la costa tailandesa. Aunque lo cierto es que ni uno ni otro le gustaban y en las reuniones sociales se hacía llamar Bruno Nuytten. Como escritores, tanto Nguyen como Kokoro y Bruno, rechazaron de plano la supremacía en la tradición vietnamita de El cuento de Kieu, por ser una versión mal adaptada de las narraciones chinas de finales del siglo XVI. Como consecuencia de este rechazo a conceptos tan ambiguos como la autoría, la originalidad y el plagio, Kokoro Pattani desaprueba las tragedias de Shakespeare, los Episodios Nacionales de Galdós y el Ulises de Joyce, entre otras muchas creaciones supuestamente originales Es, así pues, un escritor plagiarista que cuestiona el plagiarismo, y es, por lo tanto, el más original de cuantos escritores plagiaristas existen.

Este vietnamita de 92 años, último amante de la joven y admirable poeta Renata, ha escrito 137 novelas, 58 compilaciones de cuentos, una veintena de poemarios, una obra de teatro cuya representación abarca varios días, y decenas de ensayos críticos sobre los más diversos temas, de la botánica a la paleografía de la alta edad media en Alsacia y Lorena, de la viticultura en Chile a los grandes logros de la arquitectura mogol, pasando por las crisis de legitimidad en el Imperio Romano de Oriente hasta la caída de Constantinopla y llegando sin variar un ápice su rigor y su entusiasmo a ponderar con fervorosa exaltación la literatura rumana (lengua que aprendió en poco tiempo) de principios del siglo XX (sigue siendo memorable su epístola laudatoria enviada al escritor Darie Novaceanu, recogida en el octavo de los 17 tomos que conforman la correspondencia privada del vietnamita, en la que le explica la diferencia entre la palabra rumana secol (siglo) y la palabra de origen eslavo veac, que significa lo mismo pero simbólicamente alude a un tiempo más largo y lleno de dolor, y donde le demuestra que la primera novela humana de su país, Istoria lui Alecu Soricescu, escrita en 1849 por Ion Ghica, era en realidad un soberano plagio, histórico y sutil, del texto francés de Louis Reybaud, Jérôme Paturot à la recherche d´une position sociale). Asimismo, sus artículos periodísticos suman miles de páginas. Ha sido entrevistado en centenares de ocasiones por periodistas de los cinco continentes y en incontables reuniones con altos mandatarios ha usurpado el puesto de entrevistador para trasladar a los gobernantes de países ricos y en vías de desarrollo sus dudas acerca de la continuidad o implantación de un sistema, la democracia, cuyo cénit y caída tuvieron lugar hace más de 25 siglos en Grecia, uno de los países que puso los cimientos de una civilización que ahora le muestra abiertamente su desprecio y le ha puesto sin remordimientos de ninguna clase en el punto de mira de la debacle colectiva que acecha a Occidente. Pero me estoy yendo por las ramas, expresión ésta que habría encantado a Kokoro, y estamos aquí para hablar de otros asuntos.

Ironías del destino, paradojas de la realidad, trampas de eso que llamamos literatura, muy pocas personas en el mundo saben quién es verdaderamente el escritor vietnamita Kokoro Pattani, ni siquiera nuestro querido y viajado amigo Ray Loriga.

Incomprensiblemente, lo que sigue a continuación es el primer fragmento de su vastísima obra que se traduce al castellano. Los peligros y los retos de un traductor al enfrentarse con un texto de Kokoro son, como comprobará el lector, de muy difícil solución. En este caso, no encontramos frente a una sus creaciones más elaboradas y densas, una muestra palpable del carácter inviolable y universal de su pluma, una prueba fehaciente de humorismo, intrusismo, culpabilidad y redención. Algo radicalmente nuevo y radicalmente clásico y radicalmente moderno y radicalmente anacrónico. Se preguntarán: ¿Cómo es eso posible? Léanlo, y después lo entenderán. Porque a buen entendedor pocas palabras bastan.

Pequeños hurtos cotidianos
Por Kokoro Pattani

Las palabras se las lleva el viento. Soy malo como Caín y esa noche caían chuzos de punta. Sus ojos eran dos luceros. China no es el futuro es el presente. Era una oferta que no podía rechazar. Al menos fue una experiencia, y la experiencia, no en vano, es la madre de todas las ciencias. El corazón tiene sus razones y esa noche me estallaba en el pecho, pero también me cabía en un puño. Había un silencio sepulcral. Ella quería poner pies en polvorosa aunque cantaba como un ruiseñor. Por el momento, la cosa no pasó a mayores, aunque se preparaba un lío de padre y muy señor mío. Ni corto ni perezoso, después del primer golpe vi las estrellas. Yo no cabía en mí de gozo porque guardaba un as en la manga. Su vida era un juego de espejos, su historia era como esas cajas chinas que contienen otras cajas, esas muñecas rusas que contienen otras muñecas rusas de menor tamaño pero idéntica fealdad. Por eso su escritura era un baile de máscaras. Ella y yo éramos como el gato y el ratón, nuestra relación era un nido de ratas y resultó de todo punto imposible, conviene señalar, como Dios manda, fuera como fuese, a la clara luz del alba, que la suerte estaba echada. Reíamos a mandíbula batiente. En nuestro fuero interno, queríamos poner los puntos sobre las íes. En un abrir y cerrar de ojos, lo sentía en cuerpo y alma, sucedió de la noche a la mañana, y ¡ah!, siempre se van los mejores. Dicho y hecho. Por un pelo, y de cuando en cuando, estando de capa caída, es fácil caer en picado. Tomamos un trago. A palo seco. Nos pusimos a tono. Nos buscamos las cosquillas. Éramos dos almas gemelas. Sólo entonces caí en la cuenta. Ella brillaba con luz propia. Dejamos todo de lado. Caso aparte, saco roto, borrón y cuenta nueva, bala perdida. No podía dejar títere con cabeza. Yo era un mar de dudas. Estaba entre la espada y la pared. Me había tocado bailar con la más fea. ¡Por las barbas de moisés! Ella ni siquiera tenía la edad de Cristo y nos habíamos conocido donde Cristo perdió la alpargata. Vaya tela marinera. Te jodes como Herodes. La cagaste Burt Lancaster. Unos vienen y otros van. Roma no se conquistó en un día aunque todos los caminos conducen a Roma. Más se perdió en Cuba. Tanto va el cántaro a la fuente. Carpe diem. No te fíes de las apariencias. La primera impresión es la que queda. Le dijo la sartén al cazo. No por mucho madrugar. Quién a buen árbol se arrima. Dar la vuelta a la tortilla. Dos no se pelean si uno no quiere, dijo al fin ella. El fin justifica los medios, dije yo. Pienso, luego existo, dijo ella. Ser o no ser, dije yo. Proletarios del mundo, uníos, dijo ella. Yo soy yo y mis circunstancias, dije yo. Seamos realistas: pidamos lo imposible. Ella pensó: Pies para que os quiero. Yo pensé: Donde las dan las toman. Me acordé de una canción. Para hacer bien el amor hay que venir al sur, y se desató la tormenta. A las barricadas. No pasarán. Una, grande y libre. Un estado, un pueblo, un führer. Una rosa es una rosa es una rosa. A las cinco de la tarde. Verde que te quiero verde. Libertad, Igualdad, fraternidad. No hay moros en la costa. Eureka. Los Borbones nunca olvidan y nunca perdonan. Más tonto que Abundio. Romper la baraja. Más papista que el Papa. Rayos y centellas. Repámpanos. Albricias. Tócala otra vez, Sam. Siempre nos quedará París. Francamente querida, me importa un bledo. A Dios pongo por testigo que nunca volveré a pasar hambre. Nadie es perfecto. Este es el principio de una gran amistad. La calefacción en los coches alemanes está muy lograda. Una veces se gana y otras se pierde y a otra cosa mariposa. A Tarzán le vas a hablar tú de monos. No hay dos sin tres. A la tercera va la vencida. Si no tienes nada que decir es mejor quedarse callado. Las tragedias nunca vienen solas pero no hay mal que por bien no venga. A buen entendedor pocas palabras bastan. Quién ríe el último ríe mejor. Una imagen vale más que mil palabras pero escribir es una condena y las palabras, ya lo sabéis, las palabras se las lleva el viento. Así que al pan pan y al vino vino. El asesino siempre vuelve al lugar del crimen y el suicidio no es una cosa de cobardes pero tampoco de valientes. Yo la maté, a Renata, como dice la canción, porque era mía. En la pobreza y en la riqueza. En la salud y en la enfermedad. En la vida y en la muerte. Y aquí paz y después gloria. Y después miseria, remordimientos y culpa, porque desde ese maldito instante no hay un solo día de mi existencia que no me levante en la madrugada llorando como un bebé recién nacido. Porque madre no hay más que una y a ti, querida Renata, a ti te encontré en Pattani. Y te maté en Limoges.

Esto es todo, amigos.

Birmania es un sueño

Un birmano en la Feria del Libro
Por César Ruiz-Tagle


Sinh Pat es un hombre de piel morena y rasgos mestizos, como corresponde a los miembros de la etnia Karen, la segunda mayoritaria de Birmania, y es un hombre de carácter honesto, aguerrido, bien educado, algo tosco y quizá un poco resentido, pero es, en esencia, una buena persona. Sinh Pat nació en Birmania (hoy Myanmar, aunque quizá no por mucho tiempo debido al inesperado pero esperadísimo derrocamiento de la Junta y el subsiguiente cambio de gobierno) en la década de los años 60. Su madre gozaba de una posición predominante en la sociedad de aquel entonces, posición que empezó a decaer con el advenimiento de la dictadura. Aún así, Sinh Pat disfrutó de una educación elevada y distinguida. Aprendió birmano e inglés, además de la lengua propia de su etnia. Lo que nunca hizo Sinh Pat fue conocer a su padre. Según parece, este hecho no le trastornó demasiado ya que el vínculo que tenía con su madre era muy estrecho.

Desde su más tierna infancia Sinh Pat fue un estudiante modelo que destacaba en la escuela y hacía amigos con facilidad. De joven, militó en las esferas de la Unión Nacional Karen, pero sus posiciones conciliadoras le acarrearon el rechazo de sus compañeros. Abandonó la política. Por aquella época Sinh Pat tomó dos decisiones que habrían de marcar su vida: la primera, la más traumática, fue abandonar el país tras la muerte de su madre, y emprender una ruta infatigable sin límites ni destino; la segunda, tomada casi al mismo tiempo, fue el autoconvencimiento de que sería escritor o no sería nada. Lo que no podía saber entonces el joven Sinh Pat es que el futuro le depararía la triste condición de ser escritor y no ser nada al mismo tiempo. Un destino fatal y, sin embargo, demasiado común en los seres de nuestro pelaje. Pero ¿qué importa todo esto? No creo que ninguno de vosotros haya oído hablar jamás de Sinh Pat. ¿Me equivoco?

Cuando yo le conocí, al cabo de la enésima edición de la Feria del Libro de Madrid, resultó que Sinh Pat había estado paseando toda la tarde por El Retiro, antes y después de que cayera una furibunda tormenta de verano, aunque todavía fuese primavera, haciéndose amigo de las moscas, quitando uno a uno los caracoles del asfalto y llevándolos al césped, y comiendo cacahuetes de una bolsa que había encontrado tirada en un banco. La cogió porque verdaderamente estaba hambriento y la llevó consigo y fue pelando uno a uno los cacahuetes al tiempo que guardaba escrupulosamente las cáscaras en los bolsillos de su chaqueta roída por el tiempo. Y así estuvo paseando, con las manos llenas del aperitivo favorito de los elefantes, sintiéndose como un animal enjaulado a pesar de estar en libertad, eludiendo tocar los miles de libros expuestos para evitar la tentación de robar uno, dos o una docena, ya que Sinh Pat no tenía ni un mísero euro para comprar el más barato de todos ellos, observando las caras inexpresivas o excesivamente felices de decenas de editores que habían rechazado una y otra vez sus manuscritos, gigantes de las letras como Jorge Herralde o jóvenes punteros como Jorge Lago, recordando adustas conversaciones en tabernas mal iluminadas con su amigo Saw Htoo sobre la posibilidad de ser, él y todos los escritores birmanos, unos parias absolutos, unos parias sin remedio, unos parias ejemplares, esperando a Virginie Ooy, quien le hizo un hueco en su apretada agenda para darle un cariñoso abrazo y decirle que le había conseguido un trabajo al día siguiente precisamente en la Feria del Libro, que terminaba esa misma tarde, para recoger y empaquetar los libros de una de las casetas donde trabajaban los escritores plagiaristas de los que tanto le había hablado y con los que tanto tenía en común. Para empezar, los tres éramos escritores. Para continuar, los tres éramos pobres. Para terminar, los tres estábamos enamorados de Virginie Ooy.

Aunque la verdadera razón por la que Virginie Ooy se había acercado hasta el cruce de la calle Alcalá con Menéndez Pelayo aquella tarde fue para prestarle a Sinh Pat unas monedas con las que pagó el autobús y volvió a su diminuto apartamento en las afueras de la ciudad. Una vez allí coció un puñado de arroz que sólo pudo mezclar con curry y comió solo y en silencio. Después de tan frugal cena, Sinh Pat se hizo un cigarrillo con los restos de tabaco de liar que encontró por las mesas y fumó y caviló y vaciló antes de meterse en la cama y, antes de quedarse dormido, leyó un rato a Levrero, otro rato a Walser, un rato más a Pessoa, autores, como se imaginaba él, tan infelices en vida como venerados tras su muerte. La vida. La muerte. La literatura: ¿Es una enfermedad? ¿Por qué él no podía ser feliz si escribía pero tampoco si lo dejaba? ¿Qué es lo que necesitaba? ¿Éxito, mujeres, dinero? ¿Reconocimiento y poder? ¿Gloria eterna? ¿Unos pocos pero fieles lectores? ¿Venganza? Hasta ahora, según parece, a Sinh Pat le bastaba con evitar pisar a los caracoles, llevar unos zapatos que no le hicieran daño al andar, y tratar de no ensuciar El Retiro con sus desperdicios. Y algún día, por qué no, cuando la masacre de su pueblo acabe, volver a su país y, entonces sí, volver a enamorarse. (Pero el amor, esa palabra…) Aunque, bien pensado, tal vez ambas acciones fueran para él la misma cosa.

Esa noche, lo supe después, Virginie Ooy pasó la velada con un grupo de indignados que estaban acampados en la Puerta del Sol, asistió a las últimas asambleas populares, entonó cánticos y proclamas contra los políticos y contra el sistema, y acabó durmiendo sobre unos cartones a la sombra de la estatua ecuestre de Carlos III, en el epicentro de Madrid, convencida de estar apoyando un nuevo concepto de revolución social que terminaría por cimentar las bases de una nueva y mejorada sociedad.

La realidad, sin embargo, no parecía haber cambiado demasiado.

Esa misma noche, Leandro Romaña y yo asistimos a una fiesta en un bar del centro organizada por varias editoriales independientes. En líneas generales, lo pasamos bien. Bebimos cerveza, escuchamos buena música, charlamos con chicas fáciles y esnifamos la mejor cocaína a este lado del condado. En algún momento del evento alguien, no recuerdo quién, nos presentó a Honorio Chaves, un joven atildado, presumido e hilarante. Al instante nos encandiló a los dos y a los pocos minutos de entablar una conversación ya nos había convencido para largarnos de allí, alquilar un coche y poner rumbo a la playa. Lamentablemente, no pudimos llevar a cabo nuestra aventura puesto que los dos, Leandro y yo, debíamos trabajar al día siguiente. Pospusimos el viaje y seguimos bebiendo, seguimos charlando, seguimos esnifando. Honorio Chaves nos presentó a su agente literaria, una mujerona con aspecto de flamenca. La literatura, hermosos, es un jardín de puñaladas, nos advirtió ella con prosopopeya. Más o menos a partir de ese instante mis evocaciones de aquella noche se tiñen de una niebla espesa y delicuescente. Alcanzo a ver escenas inconexas o inveteradas, andares rocambolescos por calles desiertas, risas estruendosas, puntos negros, rayas blancas (muchos puntos; demasiadas rayas). Cuando desperté, el dinosaurio se había comido el resto de mis recuerdos. Eran las dos de la tarde y no había ido a trabajar a la caseta de la Feria del Libro. Llamé a Leandro. Mi llamada lo despertó. Entonces, exclamé, ¿quién demonios ha recogido los libros?

Un birmano en las cataratas de Iguazú
Por Honorio Chaves

Lo primero que pensé cuando llegué a la caseta 101 de la Feria del Libro de Madrid y vi a Sinh Pat fue lo siguiente: tengo que abandonar de una vez la literatura si no quiero acabar como este hombre; o, tal vez, tengo que empezar a escribir las historias que todo el mundo quiere leer y dejarme de pamplinas vanguardistas y postmodernas. Pero no hice ni lo uno ni lo otro. De hecho, la noche anterior había sellado mi adhesión al Movimiento Plagiarista y mi primera misión fue encargarme de recoger todos los libros de la caseta junto a un escritor birmano que era amigo de Virginie Ooy. Mis nuevos compañeros, César Ruiz-Tagle y Leandro Romaña, me prometieron que algún día la conocería y entonces yo también me enamoraría tontamente de ella, como les había pasado a ellos. Pero no quiero adelantar acontecimientos ni contradecir premoniciones.

Sinh Pat y yo nos presentamos y nos pusimos manos a la obra de inmediato. Estuvimos más de dos horas haciendo cajas y empaquetando los libros en un caluroso silencio. Sinh Pat parecía cansado y yo había dormido menos de dos horas así que ninguno hizo muchos esfuerzos por hablar. Cuando apenas nos quedaba un estante de libros por recoger, le pregunté a Sinh Pat si quería beber algo. Me dijo que sí al instante, pero también me dijo que no tenía dinero para pagárselo. Le dije que no importaba y me acerqué a una máquina expendedora de bebidas y compré dos cervezas. Regresé. Hicimos un descanso. Bebimos. Fumamos. (Por supuesto, él no tenía tabaco). Delante de nuestra caseta habían colocado varias fotografías que formaban parte de una exposición más amplia que recorría todo el paseo de coches de El Retiro. La mayoría de esas fotografías mostraban lugares paradisíacos esparcidos por el planeta. Las miré. Me estremecí. Para ganarme su confianza, o sólo para salir de tan asfixiante mutismo, le dije a Sinh Pat: ¿Sabes, compañero? Hace meses que no salgo de la comunidad de Madrid. Acto seguido Sinh Pat levantó la vista y la posó en una de las fotografías, en concreto una que mostraba una panorámica de las cataratas de Iguazú, y sentenció con firmeza y orgullo juvenil: Yo he estado allí. Se produjo un instante de silencio en el que supuse lo que vendría después: la trágica aventura de un expatriado, una apasionada historia de amor. Imaginé cualquier historia menos la que Sinh Pat se largó a contarme. Esto fue, a grandes rasgos, lo que aquel birmano de ojos tristes y piel cobriza me contó una mañana de junio rodeados de polvo, de humo y de cartón.

<< Yo he estado allí, ¿lo sabías? Sí. Yo he estado allí, hace mucho tiempo, es cierto, hace muchísimo tiempo en verdad, tanto que no sabría decir ahora en qué año fue. ¿1985? ¿1991? Qué importa. Yo he estado allí y ahora vivo en un cuchitril en las afueras de esta ciudad que no me conoce ni me respeta... Pero entonces, ¡ah, qué tiempos! Yo, a tu edad, había estado en las montañas de Kenia, en las selvas de Costa Rica, en el desierto de Argel. Me había bañado en el Ganges en India, había cruzado el desierto de Australia en motocicleta, había pasado una noche de verano con una neoyorkina en Central Park, y había estado en Brasil, claro, cómo no, en un viaje prometedor y, sin embargo, he de reconocerlo, totalmente decepcionante. ¿Por qué? Ahora lo verás.

>> Yo estuve allí, en Brasil, con dos catalanes que acababa de conocer en un hostal de la Rambla y que parecían buena gente. Los tres viajábamos a Río a la semana siguiente y quedamos en vernos en Copa Cabana. Después de un trayecto extrañamente placentero, nos vimos al otro lado del charco. Una vez allí, los dos catalanes me contaron sus ambiciones. Te puedes imaginar cuáles eran sus planes. Ambos tipos resultaron ser unos drogadictos confesos amén de unos puteros convencidos así que a las primeras de cambio nos separamos. Ellos se quedaron en Río y yo me marché sin rumbo ni destino. Les dejé en aquella playa y cogí un autobús que después de muchas horas me dejó en Puerto Iguazú. Llegué cansado, decepcionado, solo, con rabia, mucha rabia, tanta rabia que estuve a punto de irme al aeropuerto y cambiar mi billete para salir de Brasil ese mismo día. Pero me tranquilicé, no me preguntes cómo lo hice pero me tranquilicé, y fui hasta las cataratas y allí estuve todo el día, y al día siguiente, y al siguiente también, paseando por las pasarelas de madera situadas un par de metros sobre el agua, rodeado de insípidos turistas (¿era yo uno de ellos), fumando un pitillo tras otro y sintiendo una mezcla de emociones, de percepciones y de pensamientos en una turbamulta incesante que ahora me resulta imposible definirte mejor pero que entonces me hizo sentir feliz, jodidamente feliz, tan feliz como puede estarlo un recién nacido en los brazos de su madre. Allí también, por supuesto, eché en falta a mi madre. Me acordé de ella. Recordé su cariño y sus cuidados y su impagable lección. En esta vida, hijo mío, hay tiempo para ser muchas cosas, me decía ella. Pero lo más importante, y lo más difícil, te darás cuenta de ello, es ser uno mismo. ¿Qué quieres decir con eso, madre?, le preguntaba yo. Pero ella no contestaba. Sonreía, seguía leyendo (siempre estaba leyendo) y guardaba silencio. Más tarde, efectivamente, hube de saberlo. Renunciar a la violencia como argumento político era ser uno mismo. Enterrar a mi madre sin ayuda de nadie era ser uno mismo. Salir de mi país y dejar atrás el horror era ser uno mismo. Quedarme en Iguazú y renunciar a follar por dinero con una hermosa brasileña era ser uno mismo. Así que decidí quedarme en Iguazú, primero en el lado brasileño y luego en el argentino (porque, como dicen allí, desde Brasil se ven las cataratas, y desde Argentina se viven), un día y otro día y otro más, y allí estuve dando largos paseos, mirando durante horas el estallido del agua, maravillado, ensordecido, tan feliz y al mismo tiempo sintiendo algo parecido a la angustia pero que no era angustia y que no sabría decirte qué era. Ahora sí lo sé. Estoy seguro de ello. Era miedo. Era el miedo a mí mismo y era el miedo a la soledad y con toda seguridad también era el miedo a la muerte. Un miedo insobornable. Un miedo congénito. Un miedo atroz. Porque, pensaba yo: ¿Y si ahora me dejara caer? Creo firmemente que si entonces no hubiera leído Eco, la conmovedora primera historia que escribió Dee Jo Pai, el escritor birmano más internacional, con permiso de Saki, mi vida hubiera terminado en el agua (¿agua purificadora?), a miles de kilómetros de mi tierra (¿tierra prometida?), y por toda sepultura la mar.

>> Pero ¿qué cosas digo? Tú eres joven y todo esto te traerá sin cuidado. Además, fue hace muchísimo tiempo… Aunque yo, es cierto, a tu edad, no paraba de ir de un lado a otro, era un hombre inquieto, ambicioso, un aventurero, si me quieres llamar así. Hoy aquí y mañana allí, ya te lo puedes imaginar, de un continente a otro, de un zoco marroquí a un mercadillo indígena, de dormir en una chabola con una preciosa filipina a yacer en un hotel de 5 estrellas con una eslava y una rusa, día y noche, noche y día, viviendo experiencias al límite, situaciones desconcertantes y apasionadas, acontecimientos irrepetibles, conociendo a decenas de personas maravillosas que jamás he vuelto a ver, gastando a espuertas el dinero que mi madre había ahorrado durante toda su vida y que logré sacar de mi país atravesando a pie la frontera con Tailandia… Pero ¡ah, qué puedo decir! Eso ocurrió hace tanto tiempo... Y ahora… Bueno, y ahora estoy aquí, contigo, un tipo al que no conozco de nada y que dice ser escritor (pero tú nunca sabrás lo que significa ser escritor), guardando mis recuerdos en estas cajas repletas de libros llenos de polvo y de sueños rotos, esperando que alguien venga a recogerlas para deshacerme de ellas, y luego… Y luego…

Quise preguntarle: ¿Y luego qué, Sinh Pat? ¿Y luego qué? Pero no lo hice. Una furgoneta se paró delante de la caseta. Un hombre gordo y con cara sonriente se bajó del auto y preguntó: ¿cuántas cajas tengo que llevarme? Todas, le respondió Sinh Pat. Todas las cajas que ves. Cuando el repartidor recogió las más de 50 cajas que estaban apiladas en la caseta y en los alrededores, Sinh Pat me pidió un último cigarrillo, lo encendió, le dio la mano al hombre y me dijo: Y luego, es decir, ahora, me voy en autobús a mi casa y con el dinero que he ganado esta mañana voy a ir al mercado a comprar los ingredientes para preparar un guiso típico de mi país. ¿Quieres venir conmigo? Y yo me fui con él a su casa (una verdadera pocilga incomprensiblemente acogedora) y allí comimos un plato sencillo pero exquisito (ensalada de arroz con curry, gambas y verduras estofadas) y fumamos marihuana (que más tarde trajeron Leandro y César) y escuchamos música ligera (Lennon, Bowie, Thom Yorke) y al caer la tarde Sinh Pat nos mostró una de sus primeras creaciones, un cuentito a modo de sueño (¿una pesadilla?) que hacía tiempo quería enseñar a los escritores plagiaristas (entre los que ahora me incluía) y que a los tres nos dejó helados (porque ninguno de nosotros sabía aún escribir) y que dice así (en la traducción hecha por Virginie Ooy, esa fabulosa dama de la que, en efecto, todos estamos enamorados).

Un birmano en Birmania
Por Sinh Pat


Sueño. Estoy soñando. Sueño que mi madre y yo estamos sentados en un banco en la ribera del Lago Inle y hemos llevado una cesta con un montón de deliciosos manjares birmanos: paratha, samussa, dhal, noodles, galletas de arroz, banana pancake.

Sueño. Estoy soñando. Sueño que paseo con mi madre por el mercado de Indein en la comarca de Nyaungshwe y que el tendero me sorprende robando una piña y me coge y me azota sin que mi madre intervenga.

Sueño. Estoy soñando. Sueño que estoy enamorado y que mi chica es una preciosa joven guerrera de la etnia Karen y me besa y se despide de mí y yo me voy a casa paseando entre nubes como un chiquillo con un juguete importado.

Sueño. Estoy soñando. Sueño que mi chica está debajo de un árbol plantado en la acera y aparece un soldado de la Junta y la golpea y la tira al suelo y la tortura y la viola y luego la mata.

Sueño. Estoy soñando. Sueño que empiezan los campeonatos populares de chinlone y todo el equipo confía en mí y el público abarrota las gradas y lanzamos la pelota y la golpeamos de todas las maneras posibles y la mantenemos en el aire durante un tiempo infinito y maravilloso.

Sueño. Estoy soñando. Sueño que en mitad de una exhibición de chinlone intento saltar y golpear la pelota pero me pesan las piernas y los brazos y no consigo moverme del sitio y estoy cansado y me derrumbo en mitad del círculo central.

Sueño. Estoy soñando. Sueño que mis compañeros de colegio se enzarzan en una pelea y unos y otros se propinan duros golpes hasta que aparezco yo y les separo y pongo fin al tumulto y reina la paz y la concordia.

Sueño. Estoy soñando. Sueño que vuelvo a casa después del colegio y dos chicos me persiguen y yo intento salir corriendo pero ellos me alcanzan y me tiran la mochila al suelo y me golpean en la cara y en el cuerpo y luego se marchan y yo empiezo a llorar.

Sueño.

¿Estoy soñando?

Sueño que tengo poderes y puedo volar y luego sueño que caigo al vacío.

Sueño que tengo poder y puedo reinar y decreto la independencia de Karen y acto seguido sueño que hay un golpe militar y estalla la guerra y yo y mi dinastía somos fusilados.

Sueño que tengo un falo descomunal y practico sexo con decenas de occidentales y al minuto siguiente sueño que un grupo de islamistas ordena la amputación de mi pequeño miembro viril.

Sueño que viajo con mi querida madre en un tren que hace el trayecto Mandalay-Hsipaw y en mitad del recorrido y antes de hacer otra parada sueño que el maquinista se equivoca de vía y chocamos frontalmente con otro tren que hacía el camino inverso.

Sueño que entro en un avión de Yangón Airways que me lleva a Los Ángeles y allí conozco a Marilyn Monroe y le digo que no tiene sentido suicidarse y al instante sueño que soy yo quien se quita la vida con una dosis letal de cianuro.

Sueño que el día tiene más horas y la noche es más corta y sueño que vuelvo a ver a mi madre muerta y le digo que la quiero y que la voy a sacar de este condenado país que intenta exterminarnos y que en algún lugar seremos felices y que la guerra va a quedar atrás y que no va a ocurrirnos nada, pero mi madre está muerta y sus asesinos gobiernan este país y viajan en lujosos aviones y comen deliciosos manjares y violan a mujeres indefensas y entretanto yo lo único que hago es soñar, dormir y soñar que podría tener una vida diferente a la que he tenido, dormir y soñar con regresar al lugar donde nací para vengar la muerte de mi madre, dormir y soñar con convertirme en la persona que siempre he querido ser y no ser la persona en quien me he convertido. Un miserable. Un ingenuo. Un cobarde. Un maldito. Un paria supremo y ejemplar. Un hombre que sueña vidas, destinos, mentiras, esperanzas y miedo. (Tanto miedo). Un tipo deshonesto. Un vulgar falsario. Un memo. Un ególatra. Un psicópata. O lo que es lo mismo: un escritor. Y sueño que estoy soñando. Y escribo que estoy escribiendo. ¿Estoy despierto? ¿Estoy vivo? No. Estoy solo y estoy soñando y estoy muerto.

Abro los ojos. Aún estoy en Birmania.

Birmania es un sueño. Birmania es una pesadilla.

Ésa es la única verdad.
En París con Renata Tarsio
Por Virginie Ooy.


Renata creció y vivió en la más absoluta miseria. Huérfana a los 5 años, su vida es un recorrido infructuoso y fatal de orfanato en orfanato hasta que a los 14 años conoce al vietnamita Kokoro en la ciudad portuaria de Pattani y deciden abandonar el sudeste asiático para siempre (desde ese instante, el también poeta Kokoro utilizará de apellido el nombre Pattani en recuerdo de la primera etapa de su aventura). Desde allí embarcaron a la India y de ahí tomaron un avión, ignoro de dónde salió el dinero para los pasajes, a París.

Años más tarde, cuando Renata volvió a la capital francesa después de recorrer sola o en compañía de Kokoro la práctica totalidad de Europa, ella y yo nos conocimos paseando por el Jardin Des Plantes una tarde calurosa del mes de junio. Por aquel entonces yo aún no tenía muy claro qué iba a ser de mi vida y esa idea me resultaba bastante penosa. Yo era una joven licenciada en Filología francesa, tenía un Doctorado cum laude en literatura asiática, hablaba perfectamente tres idiomas y conocía asimismo la lengua birmana y me hacía entender en japonés. Había viajado por todo el mundo. Había estado en los carnavales de Río de Janeiro, había celebrado la noche de difuntos en México D.F., había visitado los templos budistas excavados en las rocas selváticas camboyanas. En París fui adjunta a la dirección del Instituto Cervantes y en Alemania supervisé el pabellón español durante la Exposición Universal de Bolonia. A lo largo de mi vida había participado en una docena de recitales en los lugares más insospechados de la tierra: en un bar infausto de Tordesillas; en una sala de conciertos en Madrid; en un salón ultramodernista de Barcelona. Pero la verdad, la verdad, es que no tenía nada en qué ocupar mis tardes aquel caluroso mes de junio que pasaba sola en París, sin trabajo, sin dinero, sin amigos, pero con unas frecuentes y horribles crisis de identidad ante la perspectiva de cumplir 30 años de vida cómoda y disoluta a finales del verano. ¿Y entonces qué? ¿Qué iba a ser de mí? Los sucesivos episodios depresivos fruto de la tortuosa relación a la que César Ruiz-Tagle y yo habíamos puesto fin al comienzo del año tampoco me fueron de mucha ayuda. Y luego… Luego… ¡Qué más da eso!

Yo estaba en París y en París hacía calor y la ciudad y yo teníamos toda la vida por delante. Así que allí estaba yo, hojeando un ejemplar atrasado de la revista Interviú, paseando sin objeto ni motivo, sin coartada ni premeditación, a ratos leyendo, a ratos llorando, a ratos cagándome en la madre de todos y cada uno de los literatos franceses de finales del siglo XIX que me habían hecho ser así, a ratos mirando fijamente a los desconocidos que se cruzaban conmigo para mantener por un momento un diálogo que sepultara la inmisericorde y autodestructiva conversación que mantenía conmigo misma. Y entonces llegó ella. ¡Ah! Era tan guapa que no podías dejar de mirarla. Y ella lo sabía. Se dio cuenta enseguida de mi indiscreción y valientemente se dirigió a mí en un francés de manual:

Alo! Et bien, comment allez vous?

No supe qué responder, aunque sabía de memoria la respuesta, y me quedé callada, sonriendo como imagino que sonríe un oso panda, sin atreverme a iniciar la conversación que tanto anhelaba.

Hey! How are you? dijo entonces Renata. Pero yo no abría la boca. Estaba totalmente estupefacta. Sólo me atreví a decir mi nombre, dije me llamo Virginie, y al instante Renata reaccionó y se sentó a mi lado y empezó a hablar, esta vez en castellano, y de todo lo que ella dijo yo solo pude entender algunas cosas, frases sueltas, nombres sin rostro, fechas inciertas, reyes y reinados y ciudades y fantasmas. Estoy segura, en cambio, de cómo empezó ella su discurso. Fue así:

“Hola, amiga Virginie. Me llamo Renata Tarsio. Soy tailandesa. Nací en algún momento de la década de los 70. Según tengo entendido, fue una década espantosa para mi país. Se produjeron una docena de golpes de Estado. Pero yo odio la política. Hace muchos años que no visito mi país. En realidad, no me gusta cómo suena eso de mi país. Yo soy apátrida. También soy poeta. ¿Has estado alguna vez en Tailandia? Bah, no te pierdes nada. Putas y más putas y arrozales y manglares. ¿Has leído alguna vez los versos satánicos del príncipe Taksin? Estoy segura de que Taksin fue uno de mis antepasados. Según tengo entendido, él fue quien expulsó definitivamente a los birmanos del antiguo reino de Tai. Luego fue traicionado por Rama I. Pero uno no se puede fiar de los libros de historia. ¿Quieres que te cuente yo una historia?”

En ese momento Renata hizo una pausa, me miró con sus grandes ojos verdes, y acto seguido se largó a contar una historia que decía más o menos lo siguiente.

(El fragmento que leerán a continuación es una transcripción hecha por Kokoro Pattani de uno de los prosopoemas, como ellos mismos los llamaban, que Renata solía improvisar a viva voz a cualquier hora del día, preferentemente de noche y a ser posible borracha. Renata jamás escribió un solo verso. Lo más probable es que Renata no supiera escribir.)

Así empezó todo
Prosopoema de Renata Tarsio


No podía dormir, amiga Virginie.
Así empezó todo.

Hacía mucho calor en la casa de acogida
Y me levanté y estuve dando vueltas
Por pasillos enfermos hasta que no pude más
Y decidí salir de allí
Para dar un paseo por la oscuridad
Minutos antes del amanecer.

Yo era joven, ¿te lo he dicho ya?
Sí, era joven. Muy joven y muy guapa,
Demasiado temeraria para ser tan joven y tan guapa,
Pero había algo en esa noche, el silencio,
El ardor de mi cuerpo, la luna casi llena,
­Que me hicieron escapar, marcharme
Sin dar señales de aviso, huir
Sin tomar precauciones, caminar
Sin hacer caso al miedo, deambular
Sin tener presente el peligro de una ciudad nueva y extraña
Como Pattani,
Candorosa y repulsiva matrona
Que no sabe nada de nadie
Y menos sabía de mí,
Una joven extranjera en cualquier parte del mundo,
Una joven huérfana, indómita y analfabeta
Empeñada en recorrer sola cada maldita ciudad
De este maldito país:
Pattani, Yala, Surat Thani,
Samut, Phnom Penh, Bangkok
Chiang Mai, Lamphun, Rayong…
¿Qué buscas, Renata?
¿Qué es lo que estás buscando?
Dime: ¿Por qué sigues caminando?
¡Detente!
¿Dónde estás?
¿Qué haces aquí?
¿Quién eres tú?
De pronto, una sombra, un reflejo.
Hola, mi nombre es Kokoro y tengo miedo.
Hola, mi nombre es Renata y no tengo miedo.

Nos cogemos de la mano en medio de una calle
Porque el temor nos encoge pero el valor nos empuja,
Y seguimos caminando
Y seguimos caminando
Y salimos de la ciudad
Y llegamos a un claro de bosque
Y ya está amaneciendo.
Mira allí, le digo a Kokoro, va a salir el sol.
Mira allí, me dice Kokoro, en aquel árbol,
¿Lo ves?
Agarrado a una rama hay un animal indescifrable.
Parece un pequeño primate
De orejas majestuosas y grandísimos ojos.
¿Qué animal es ése, Kokoro?
Es un Tarsio, Renata, pero ¡no lo mires más!
Está endemoniado
¿No ves cómo gira el cuello?
Nuestras voces se solapan:
¡Vámonos de aquí, Renata!
¡Volvamos a casa, Kokoro!
¿Tienes casa, Renata?
¿Tienes casa, Kokoro?
Y seguimos caminando
Y regresamos a la ciudad
Y Kokoro dice, llévame contigo, Renata,
Y Renata dice, llévame contigo, Kokoro,
Y los dos seguimos caminando por calles suburbiales
Y no miramos atrás, nunca más miramos atrás,
Porque el Tarsio, ese monstruo,
Ese primate endemoniado,
Está clavando sus largas pezuñas en mi carne,
En nuestra carne,
Y vayamos donde vayamos, Kokoro,
Él nos acompañará,
El único, el eterno, el maligno,
En Oriente y en Occidente
En el Norte y en el Sur,
Él vendrá con nosotros,
Retrepado en tu espalda,
Agarrado a mi cuello
Y escupiéndome al oído aullidos terroríficos.

Desde hoy hasta el final de mis días,
Largos días y largas noches, amiga Virginie,
Seré Renata Tarsio,
Poeta y visionaria y esclava del diablo,
O no seré.

Renata en el kilómetro 238.
Por Honorio Chaves.


Se llamaba Renata. Eso fue lo que nos dijo. Hola, mis amigos, me llamo Renata. ¿Vais a Madrid? Sí, le dijimos. Entonces me voy con vosotros. Estábamos en una estación de servicio de la carretera de Valencia, concretamente en el kilómetro 238, y volvíamos de unas vacaciones cortas, insólitas y demoníacas, pero eso es otra historia. Renata se montó en el coche sin mediar más palabra y sin esperar una invitación de nuestra parte. Una vez en el asiento trasero se incorporó levemente para quitarse el pantalón vaquero y en un abrir y cerrar de ojos se puso encima un short blanco que dejaba entrever sus bragas. Eran grandes, las bragas de Renata, y eran de color verde, de eso no había duda, y tenían ribetes o flecos en los laterales. Mejor así, ¿verdad?, dijo Renata, y acto seguido se quitó el jersey y se quedó en manga corta. La camisa de Renata era minúscula y resaltaba la voluptuosidad de sus pechos. Eran grandes, los pechos de Renata, y el sujetador también era de color verde. El ombligo de Renata estaba a la vista. Era un agujero negro y diminuto, el ombligo de Renata, como un abismo negrísimo y diminuto. César, Leandro y yo nos miramos como se miran los chiquillos en misa y nos pusimos a reír y Renata también se rió. ¿A qué esperáis?, dijo ella, ¡en marcha! Estábamos en el kilómetro 238 de la carretera de Valencia y volvíamos a Madrid. Leandro metió primera y reanudamos el viaje. El sol nos golpeaba en la frente y la cabellera teñida de rubia de Renata brillaba y le confería un aura especial, como de virgen inmaculada o de princesa rusa. Pero Renata era tailandesa y era poeta y además era puta.

En menos que canta un gallo César dio un salto al asiento trasero y se colocó al lado de Renata. Leandro se colocó las gafas de sol y redirigió el retrovisor interior sin dejar de apretar el acelerador. César y yo flanqueábamos a Renata. Ella nos acariciaba y se dejaba querer. ¿Quién eres? Preguntó entonces Leandro. Pero Renata no le hizo caso. ¿Cuántos años tienes? Renata sonreía y no contestaba. ¿De dónde eres? ¿Qué haces en España? ¿Por qué estabas haciendo autostop sola en el kilómetro 238 de la carretera de Valencia? Renata estaba apoyada en el pecho de César como si fuera una gata. Al mismo tiempo me cogía de la mano y la posaba sobre sus muslos. Eran tersos, los muslos de Renata, como los de un futbolista o una gimnasta adolescente. De pronto, sin previo aviso, como estaba acostumbrada a hacer, Renata salió de su mutismo. Tengo 25 años. Soy tailandesa. Llevo una semana dorándome al sol de levante. Y vosotros, amigos, ¿quiénes sois? ¿Qué queréis de mí? ¿Me vais a hacer el amor?, dijo Renata sin dejar de sonreír. Ninguno supimos qué contestar. Leandro conducía a 120 kilómetros por hora y Renata parecía más rápida que el viento. Cuando César le puso la mano sobre la entrepierna Renata dejó de sonreír. ¿Haces esto a menudo?, le pregunté yo mirándole a los ojos y acariciando uno de sus pechos con mi mano. Soy libre, susurró Renata, y despacio, sin brusquedad ninguna, apartó la mano de César de su pubis y la llevó a su pecho y la entrelazó con la mía. Mejor así, ¿verdad?, exclamó Renata, y lanzó una sonora y enigmática y quizá también aterradora carcajada. Leandro bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo y el aire de Castilla enfrío nuestras manos. Renata se acurrucó entre César y yo y los tres seguimos acariciándonos sin decir una palabra, sin prisa, sin deseo. La excitación sexual dejó paso a la ternura que se convirtió en cordialidad que devino en extrañeza. Renata cerró los ojos y trató de dormir. César me miró con incredulidad. Leandro bajó el volumen de la radio. Y yo, incapaz de prolongar una erección expiatoria, cogí mi libro de Knut Hamsun y me puse a leer. Madrid nos sacaba aún más de cien kilómetros de ventaja. En un tramo del viaje Leandro se vio obligado a dar varios frenazos que interrumpieron el sueño de Renata. Entonces abrió los ojos, miró el libro que yo estaba leyendo y dijo: yo también tengo hambre. Eso dijo Renata, y acto seguido se volvió a dormir.

La última vez que vimos a Renata cruzaba medio desnuda la calle Alcalá a la altura de la plaza de Las Ventas. Acababa de salir de nuestro coche. No podría asegurarlo pero me atrevería a decir que Renata estaba feliz. Al menos había llegado a su destino. Se despidió de nosotros mientras agarraba su bolso con la boca. Ninguno entendimos sus últimas palabras.

El viaje, nuestro viaje, el primer viaje que hice en mi vida con los fundadores del Movimiento Plagiarista, Leandro Romaña y César Ruiz-Tagle, había sido un completo fracaso, pero entonces nos negamos a admitirlo. Leandro llevó el coche hasta la estación de Atocha y ahí nos apeamos. Virginie Ooy, entonces novia de César, nos esperaba allí. Estaba muy furiosa. Habíamos llegado con bastante retraso y Virginie es una mujer de carácter. Antes de separarnos César nos pidió que mantuviéramos en secreto nuestro encuentro con Renata. No entendí muy bien por qué, pero aún así di mi palabra. Entonces pensaba que la fortaleza de una amistad residía en la capacidad mutua para ocultar secretos. Ahora, varios años después de aquello y con otro mundo a mis espaldas, pienso que esta confesión mía es un síntoma evidente de mi lealtad.

¿Qué más puedo decir? Durante 238 kilómetros yo quise a Renata como a una hermanastra inocente y lujuriosa a partes iguales. ¿No me crees, verdad? Es igual. Yo quise a Renata porque Renata era libre. También era puta, es cierto. Era una puta joven e inconsciente que escribía versos en la piel de los conductores. Por esta razón, y por un instante, Renata fue mía, fue nuestra, sin intermediarios, sin transacciones, sin penetraciones. Renata fue un peldaño indispensable en la construcción de nuestro movimiento; una pieza dúctil, informe y tan pura y auténtica como el primer copo de nieve. Renata fue, ahora lo sé, ahora lo sabemos, la primera prueba de nuestra amistad. Y ahora está muerta.

Ignoro en qué circunstancias se encontraron Virginie Ooy y Renata Tarsio (su verdadero apellido nunca lo sabremos) en las calles estivales de París. Por mi parte, cuando Virginia me enseñó la foto de su último hallazgo literario, me puse a temblar y, balbuciente, le conté a Virginia nuestra particular aventura. Entonces supe su infausto y misterioso y acaso irremediable destino: Renata fue hallada muerta a consecuencia de un disparo en la cuneta de una carretera secundaria entre París y Lyon. Según me contó Virginia, Renata planeaba volver a España y desde allí viajar a Marruecos, a Senegal, a Guinea Ecuatorial, a Sudáfrica. Su intención era llegar a las Indias circunvalando el continente africano, como hicieron hace cinco siglos los marinos portugueses. Según tengo entendido, además, Renata y su pareja preparaban una traducción al francés de un cuaderno de bitácora birmano perteneciente a un posible antepasado de la poeta de los tiempos de la segunda invasión de Tailandia por las huestes birmanas. Pero Renata murió en los albores de tan megalómano periplo y el crimen y la traducción quedaron en suspenso. Esta pérdida irreparable ocurrió hace más de una década y todavía hoy hay voces que culpan del asesinato de la poeta al sempiterno compañero de viaje de Renata, el escritor vietnamita Kokoro Pattani (cuya obra más laureada, Gigi y el alcornoque, también está recogida en este libro). Otras versiones, entre ellas la enunciada por Virginie Ooy, compiladora insobornable de esta memorable antología, insinúan que es del todo probable que fuera ella misma, la vitalista y desquiciada Renata Tarsio, quien apretara en última instancia el gatillo. Sea como fuere, lo irrefutable es que Renata, la joven, atrevida y libérrima Renata Tarsio, practicó durante toda su vida una secreta afición por la literatura y una inmensa devoción por la poesía. La poesía, clamaba Renata, es un rebaño de ovejas en fila india a las puertas del cielo. La poesía, clamaba Renata, es un infierno con piscina, zonas verdes y aire acondicionado. La poesía, clamaba Renata, es una pistola cargada de diamantes. Como los que atravesaron su cráneo y su cabellera teñida de rubia.

La realidad, esa otra puta que no admite cheques ni concede segundas oportunidades, es que Renata Tarsio está muerta y que fue poeta antes que meretriz, o ambas cosas a la vez. Porque, tal vez, la literatura y la prostitución sólo sean dos nombres diferentes para designar el mismo pecado, a saber: la maldita y sicótica manía de luchar hasta la muerte contra los demonios que arrastra uno mismo en la diaria e interminable huída hacia lo desconocido. Y allí nos volveremos a encontrar, amiga Renata, y entonces te poseeré.

Eso es todo.

jueves

Binya Waru en el Jardín del Edén.

Esto es, en efecto, otro relato birmano. César y yo creímos conocer a Binya Waru (su autor) en Bagan, mientras intentábamos ver sus ancestrales pagodas, o lo que se vislumbra de ellas, después de las chapuceras "restauraciones" que está llevando a cabo la Junta. César señaló a un hombre sentado en un escalón de piedra que mascaba betel con aire ausente. "Es él", dijo. El hombre tenía la piel mugrienta y quemada por el sol. "Es Binya Waru", dijo. "A mí me parece un mendigo" dije yo. "No, es él". Nos acercamos. César intentó hablar con él durante unos minutos en su retorcido birmano. Le explicamos que le habíamos reconocido por la foto que aparecía en el libro de Ooy. Le llamamos maestro, le preguntamos por el resto de sus obras. Él nos miraba con un gesto de extrañeza y respondía a todo con gruñidos. Le invitamos a venir con nosotros, le hablamos de contratos con editoriales europeas. Nada. El supuesto Waru seguía sentado con su gesto escéptico, su piel reseca y sus dientes rojos. Cuando nos íbamos nos llamó de lejos. Escupió, sonrió, levantó su dedo índice hacia el cielo y mirándonos como si fuéramos un barco de papel a la deriva se despidió con el siguiente proverbio birmano:

"Puedes llegar a ser un dios, si te empeñas".

Nos dimos la vuelta y nos fuimos. "No creo que fuera Binya Waru" dijo César mientras bajábamos las escaleras.





"Los Karaweik vuelan al atardecer"






Y Dios plantó un huerto en Edén,

al oriente; y puso ahí al hombre

que había formado.

Génesis 2:8




H yace en la cama, la habitación está en penumbra y sólo se escucha el zumbido del ventilador. Se podría decir, sin exagerar, que nunca en su vida ha pasado tanto calor. H gira sobre la cama y busca un paquete de cigarrillos sobre la mesilla. Lentamente se gira hasta quedar otra vez en posición horizontal, saca un cigarrillo del paquete y lo enciende. Después se queda mirando cómo el ventilador deshace las volutas de humo que suben hacia el techo. El sudor humedece su frente, H piensa si estará enfermo. Pronto habrá una tormenta, piensa. Llaman a la puerta. Una voz enérgica grita su nombre al otro lado. H se incorpora de la cama y se dirige hacia la puerta que abre con desgana.

¿Es usted H?

H se desconcierta un par de segundos al escuchar su nombre, se siente un hombre acabado, es delgado, muy delgado, lleva una camiseta interior de algodón amarillenta pegada a la piel y sigue sudando, lleva varios días sin afeitarse y algunos mechones de su pelo sucio y descuidado caen pegados a su frente casi hasta sus ojos rasgados.

Sí, soy yo, responde finalmente. En la penumbra del pasillo ve las figuras de dos personas, un oficial de la policía birmana y un hombre blanco de gesto serio que le mira como si quisiera ver el interior de su cráneo.

Soy el Teniente J y éste hombre es el señor S, representante del gobierno Británico.

¿Qué desean?

Nos gustaría hablar con usted acerca del señor W. Dice el Teniente.

Tengo entendido que ustedes eran amigos. Dice el señor S.

Pasen por favor. H conduce a los dos hombres al interior de su casa obviando la afirmación de S.

Siéntense, les puedo ofrecer un té si lo desean, dice H mientras piensa repentinamente que quizás no tenga té para todos.

No es necesario, muchas gracias.

S se sienta en una silla de espaldas a la ventana. J se queda de pie junto a la mesa mientras H pone a calentar agua.

¿Cúanto tiempo hace que no ve a W?

H mira hacia arriba, ladea un poco la cabeza y después mira a S.

Hace aproximadamente unos cinco meses.

H enciende otro cigarrillo y se sienta a la mesa. J se sienta frente a él, S acerca su silla a la cabecera de la mesa, a la izquierda de J.

¿Trabajaba usted con W, verdad? pregunta J.

Trabajábamos juntos, en el periódico.

Tenemos entendido que es usted fotógrafo señor H. Dice S mientras echa un rápido vistazo a la habitación en cuyas paredes sólo hay colgada una fotografía, una fotografía bastante vieja en la que aparecen un hombre y una mujer sonrientes.

Sí, soy fotógrafo. Acompañaba a W cada vez que le encargaban cubrir una noticia desde Londres.

S carraspea y se inclina ligeramente sobre la mesa, entrelaza sus manos, carraspea de nuevo.

¿Conoce usted el paradero actual de W? pregunta.

No, francamente, pensé que ustedes tendrían más información al respecto, hace meses que no sé nada de él.

J y S se miran.

¿Nos podría decir desde dónde llegaron las últimas noticias que conoce usted? pregunta S.

Lo último que sé es que estaba realizando una investigación en el estado de Shan.

S carraspea de nuevo y pregunta ¿una investigación para el periódico?

No, como imagino que sabrán ustedes W dejó de trabajar poco antes de desaparecer. Es una investigación por su cuenta.

J frunce el ceño y la sospecha se dibuja en su cara. ¿Estaba el señor W interesado en las cuestiones políticas locales de la región de Shan?.

No, no creo que estuviera interesado en las cuestiones políticas de ningún lugar del mundo. Sus intereses eran más bien, digamos, arqueológicos.

Explíquese, por favor. Dice J.

H se levanta y retira la tetera del fuego. Bueno, dice H, supongo que conocen la historia de Hunningam Liflicus.

J entorna los ojos y hace un ademán de protesta.

El señor Liflicus fue un famoso etnólogo escocés que llegó a Birmania a finales del siglo XIX, llevó a cabo varias expediciones adentrándose en las regiones selváticas de Shan. La última expedición nunca regresó. Interviene S después de los apropiados carraspeos.

Sí, dice H volviendo a la mesa con una taza de té, pero según dice la leyenda el señor Liflicus estaba buscando algo en concreto. Me imagino, señor S, que estará al tanto de ello.

S arquea las cejas, ¿No se creerá usted esas absurdas historias, verdad?

H se encoge de hombros. Las leyendas son leyendas, dice, pero debe reconocer usted que ésta tiene un atractivo especial.

J visiblemente impaciente mira alternativamente a H y a S. ¿Se puede saber de qué están hablando?.

Verá, carraspea S, según se dice, el señor Liflicus dedicó gran parte de su vida a intentar descubrir el paradero del, en fin, Jardín del Edén. Cuando termina de hablar S dibuja media sonrisa en su boca que pone los pelos de punta a H.

J, ahora visiblemente confuso titubea ¿eh, el Jardín del Edén?.

Sí, responde H desviando su mirada de la sonrisa de S, el Jardín del Edén, el Paraíso Terrenal, el Shambala...

Verá Teniente, dice S, la Biblia dice que Dios plantó un huerto en Edén, al este, en el que puso al hombre. En el Edén el hombre y la mujer eran felices, podían disfrutar y alimentarse de todo lo que vivía y se movía, pero les prohibió comer de los frutos de los árboles de la ciencia y de la vida. Pero la mujer, engañada por una serpiente, convenció al hombre para que comiera del fruto del árbol de la ciencia. Al enterarse Dios de lo sucedido expulsó al hombre y a la mujer del jardín del Edén y para que no volvieran a entrar puso a varios querubines custodiando su entrada con una espada de fuego.

Y según Liflicus ¿ese lugar se encontraba en la región de Shan? pregunta J incrédulo.

Bueno, al parecer Liflicus encontró un mito común entre las diversas tribus de la jungla. Un mito, por otro lado, muy sugerente. H sonríe hacia las cejas continuamente arqueadas de S mientras sorbe un poquito de té. Se trata, continúa H, de un lugar atravesando lo más denso de la jungla desde el que parte una estrecha senda entre las montañas y, según el mito, al atravesarlas se encuentra un lugar paradisíaco poblado por una tribu formada por hombres altísimos de cabellera blanca. En este lugar el tiempo no existe y siempre brilla una luz dorada como en un continuo amanecer. Los animales no huyen de los hombres, no existen el dolor ni el sufrimiento, tan sólo la paz y el placer. En fin, dice H borrando de un plumazo su sonrisa y bebiendo otro sorbo de té, supongo que Liflicus pensó que merecía la pena comprobar si la historia era cierta.

Los ojos de S relampaguean mientras que J hace ya un buen rato que piensa si realmente merece la pena estar allí.

Supongo que el señor W quiso comprobar por sí mismo si Liflicus encontró el paraíso perdido, dice S amagando con atacar otra vez a H con su media sonrisa.

J no aguanta más y se pone en pie bruscamente.

¡Señor H! ¡Debe usted pensar que somos gilipollas!

H pega un respingo mientras S mantiene desafiante su sonrisa incandescente. ¿Se cree que no sabemos que W simpatizaba con los independentistas de Shan? ¿Se cree que no sabemos que hizo una brillante carrera militar durante la guerra? dice J mientras agita violentamente su puño derecho.

Señor H, dice S muy lentamente, creemos que W está formando y adiestrando un pequeño ejército en el interior de la jungla. Como comprenderá cualquier información que podamos obtener al respecto será muy apreciada por nuestros gobiernos.

Verán caballeros, dice H después de respirar muy lentamente, me temo que no era tan amigo de W como ustedes sospechan. Me enteré de que W había abandonado el trabajo cuando dejó de aparecer en la redacción. Respecto a sus intenciones, aquí H vuelve a hacer una pausa, lo único que sé es que estaba obsesionado con la historia de Liflicus. Más allá de eso... H mira fijamente a los ojos a J y después a S y se encoge de hombros.

J apoya sus manos en la mesa y se inclina hacia delante hasta que su nariz queda a menos de diez centímetros de la de H. Gruesas gotas de sudor recorren su frente y sus mejillas.

Atraparemos a W, señor H, le atraparemos a él y le atraparemos a usted.

S se levanta de la silla sin dejar de mirar a H en ningún momento esbozando, esta vez, una amplia sonrisa, que es más estremecedora aún que la anterior.

Ha sido un placer conocerle señor H, dice lacónicamente. Después ambos se marchan. H se acerca hasta la puerta y escucha sus pasos alejarse por el pasillo. Después permanece unos minutos junto a la puerta escuchando el silencio, los ruidos de la calle.


Vuelve al salón y comprueba que el té se ha enfriado. Pone a calentar agua de nuevo y se acerca a la ventana. Una fila de monjes budistas recorre la calle, la gente sale de sus casas llevando comida y dinero para dárselo a los monjes. H abre la ventana y nota que se está levantando un viento húmedo. Piensa en huir de la ciudad, después piensa en huir del país, después piensa en quemar las cartas cifradas que le envía W desde Shan y que esconde en un falso suelo debajo de su cama. Después piensa que quizás nada de eso importe y enciende un cigarrillo. El agua empieza a hervir, la tetera pita. La tormenta estalla y cierra la ventana.


W está oculto tras un enorme árbol de betel aturdido y herido. Todavía no sabe lo que ha pasado. Mira a la derecha mientras sujeta su fusil y ve los cuerpos de sus cinco compañeros mutilados y semicalcinados. W comprende que va a morir. Sabe que sea lo que sea lo que ha acabado con su expedición se abalanzará de un momento a otro sobre él y decide mirar a la muerte de frente. De un salto sale de su escondite y da media vuelta. Frente a él ve un estrecho desfiladero de unos 60 metros de largo que acaba en un valle cubierto por un pasto verde y tupido poblado por aves multicolores. Un poco más lejos un hombre pelirrojo que lleva una larga barba y gafas redondas le mira con tristeza. Detrás de él todo está bañado por una luz cálida y dorada. Después el fuego lo envuelve todo.



Binya Waru